Mazocruz, Puno, Perú (Lucero) _ En los meses de junio y julio los termómetros del pueblo de Mazocruz descienden con facilidad hasta 22 grados bajo cero. Y, aunque conviven con un clima similar al de una congeladora, la población está acostumbrada a enfrentar el frío sin dramatismos, como lo hizo desde siempre.
Antes de dirigirse a la estación metereológica del SENAMHI en Mazocruz, Eduardo Anquise (40) mira la hora para no equivocarse. Su función consiste en emitir los reportes diarios de la temperatura a su base central en Puno. Son las seis de la mañana y afuera le espera el frío, listo para enterrarse en sus huesos. Porque conoce su intensidad, Eduardo viste dos chompas y una casaca. Todavía recuerda aquel día en que sintió un guadañazo gélido partiéndole el pecho por no abrigarse. “Me tuvieron que internar por neumonía- dice con una risita nerviosa y luego concluye – en la madrugada un pequeño descuido te puede matar.” Lleva consigo una libreta, allí anota el registro marcado en tinta azul por un termógrafo Fuess de fabricación alemana: Viernes diecisiete de junio, hora seis de la mañana, temperatura -22ºC. Si no fuese por el frío, Mazocruz no sería noticia. Y es que a pesar de tener sesenta y dos años de fundado, este pueblo, capital del distrito de Santa Rosa, perteneciente a la provincia del Collao, forma parte de ese manojo de aldeas provincianas que asoman en los periódicos de forma inesperada y marginal.
Si no fuese por la carretera Binacional, Mazocruz estaría desconectado del mundo. La enorme vía, que une Bolivia con el puerto peruano de Ilo, pasa muy cerca del pueblo, en sus pistas se producen accidentes de tránsito, intervenciones por contrabando y otros delitos menores que la prensa reporta algunas veces.
En Mazocruz, las cañerías de las casas pueden reventar atoradas de hielo si es que amanecen desprotegidas. El agua es un fluido cuyo volumen aumenta cuando se solidifica y la gente de Mazocruz lo sabe por experiencia. Los descuidos finalizan con los martillazos reparadores del gasfitero. Esto, desde luego, sucede pocas veces y no sorprende a los 3780 vecinos acostumbrados al rudo clima de la zona.

Dicen los de Mazocruz que el frío siempre fue la característica del lugar. Ubicado a más de 4.000 m.s.n.m en la puna seca de la cuenca del Titicaca, Mazocruz soporta heladas que llegan a su punto más bajo a las seis de la mañana. De pronto, la temperatura varía con violencia, elevándose más de 30 grados en apenas. horas. De -22ºC a las seis de la mañana, se pasa a 9ºC a las diez. Este contraste puede calentar la temperatura durante el día hasta los 17ºC. Con un clima tan inconstante, apenas crecen algunas plantas como las tolas y el ichu. Por eso, lo más frecuente es criar camélidos y ovinos en las zonas cercanas al pueblo.
Desde el monte Calvario, donde está la estatua del Cristo Blanco, el pueblo de Mazocruz se divisa como un puñado de calles amarillas y vacías. Así se lo ve a las seis de la tarde cuando las luces de los postes se encienden y la temperatura comienza a disminuir. A esas horas, los transeúntes se internan en sus casas para abrigarse del viento gélido y seco que corre desquiciado por la pradera.
Aquí los gallos no cantan
Hermán Saavedra, director regional de SENAMHI-Puno dice que el frío extremo “es una anomalía climática debido a la contaminación del medio ambiente”. Es decir, la contaminación ha provocado la perforación de la capa de ozono, lo que provoca desajustes en la temperatura. La verdad es que el pueblo amanece congelado. Aquí no hay canto de gallos que marquen el inicio del día ni perros que ladren temprano. Un recorrido a las seis de la mañana por las heladas calles de Mazocruz permite constatar que todo permanece cerrado, inclusive la comisaría. Sólo dos empleados de limpieza pública mueven sus escobas con furor y barren con la velocidad de un rayo las principales calles: 28 de Julio, Santa Cruz y 2 de Mayo.
Minutos antes de las nueve, la Avenida de los Niños recibe a centenares de chiquillos. Hay muchísimos, como si el pueblo y sus alrededores hubiesen derramado todos los niños y niñas que existen en una sola calle. La Escuela Primaria 70343 acoge a casi 300 alumnos de la ciudad y del campo. Vienen de Lacotuyo, Apopata, Casana, Sullcanaca y otros poblados menores. Corren, se desesperan por no llegar tarde. En la puerta se arreglan el uniforme y con torpeza se acicalan los cabellos. El director, Javier Aguilar, los hace pasar a sus aulas para que no sientan demasiado frío. La mayoría de niños campesinos calza ojotas y tienen los talones resecos, con finos surcos por donde a veces brotan gotas de sangre.
A ciento diecisiete pasos de la Escuela Primaria 70343 está el Centro de Salud de Mazocruz que dirige la doctora Silvia Lázaro. Desde allí se administra otros 11 puestos desperdigados por los dos mil quinientos veinticuatro kilómetros que conforman el distrito de Santa Rosa en la provincia del Collao. Un distrito diecinueve veces más grande que San Juan de Lurigancho, tan extenso, que Mazocruz es apenas un lunar en su territorio.
Hace ocho años la doctora Lázaro llegó a Mazocruz, y no necesitó demasiado tiempo para comprender que además de medicina, debía conocer otro tipo de informaciones. Saber por ejemplo, cuánto tiempo demora llegar hasta el caserío de Punta Perdida, cómo convencer en aymará a las madres para que dejen vacunar a sus hijos o por qué la gente bebe orines tibios cuando les duele el estómago.
En estos meses, su labor de prevención contra las enfermedades respiratorias aumenta. Se encargan de ayudarla dos médicos con quienes, desde hace cuatro años, vienen aplicando vacunas contra la neumonía a los niños de la zona. Y el esfuerzo da resultados. Este año-hasta el cierre de esta edición-, no se ha registrado un solo caso de muerte por neumonía. Los casos que siempre subsisten son los de faringitis, rinofaringitis e infecciones agudas de las vías respiratorias.
Las luces se encienden a las seis
Pasado el medio día Mazocruz está en diecisiete grados y la poca gente que camina por las calles siempre escoge el lado del sol, nunca la sombra. Tal vez, porque los momentos de calor son escasos, a esas horas algunos hombres toman cerveza en el único restaurante del pueblo llamado “3 de Mayo”. Allí también se vende una gaseosa amarilla fabricada en Juliaca llamada Don Quijote.
Frente al restaurante la plaza de armas siempre luce vacía. A veces un poco de gente llega los fines de semana. Tapizada en losetas celestes, la plaza de armas tiene una pileta con agua y tres parihuanas de cemento pintadas con esmalte blanco. Allí no hay flores, sólo abunda la queñoa un arbusto de maderas retorcidas usado como leña.
Si alguien quiere confesar sus pecados tiene que aguantarse hasta el sábado, porque los demás días no hay párroco. Peor aún, morirse de domingo a viernes es un chiste de mal gusto que ningún católico de Mazocruz soportaría. La iglesia sólo abre una vez a la semana. Tal vez, esta es la explicación cotidiana de por qué un pueblo con honda religiosidad católica haya perdido un buen número de feligreses. Fausto León, pastor de la Iglesia Evangélica Bautista de Mazocruz cuenta que a pesar de tener credos diferentes “no existen odios entre mazocruceños porque todos son hijos de Dios”. En efecto, la libertad religiosa abunda en Mazocruz y las cuatro iglesias, una católica y tres protestantes, practican sus credos sin importunarse entre sí.
Por las tardes la biblioteca es frecuentada por escolares. Ubicada al lado del Municipio y frente de la Plaza de Armas, este cuarto escaso de libros tiene lo básico, como para que sus ciudadanos no se quejen por la falta de lecturas. Tragedias griegas, las obras completas de Faulkner, Cervantes y Maupassant. Teatro del siglo de oro, de la época Isabelina, incluso un libro de teología.
Gregorio Huanca (39), un electricista padre de tres niñas que por razones del desempleo se convirtió en bibliotecario, cuenta que los estudiantes vienen principalmente a resolver ordinarios deberes escolares. Es verdad, las visitas a la biblioteca son muy breves: llegan, consultan, transcriben y se despiden. Sin embargo, aún existen peruanos extraños. Una niña de cafarena roja escucha un gastado casete de cuentos que viene con un libro lleno de ilustraciones. La grabadora funciona con batería por la falta de electricidad. Los parlantes mal ecualizados arrojan historias de reinos, sapos y doncellas. La niña se esfuerza en seguir la voz del narrador, deslizando sus dedos por las palabras, como si leyese en Braille. Indiferente ante la falta de luz, arruga el entrecejo y se toma la cabeza entre las manos, concentrada en sus ficciones. Otros niños también escuchan los cuentos, pero sólo por un instante. En cambio la niña de la cafarena roja permanece hasta que oscurece y con la cabeza llena de pensamientos se marcha sin pronunciar palabra alguna.
Son las seis y afuera en las calles las luces se encienden. El motor que alimenta de electricidad a Mazocruz sólo alcanza para tres horas. Mientras tanto en la biblioteca, Gregorio Huanca cierra las puertas en el más completo silencio.Cuando se le pregunta qué necesita la biblioteca para brindar una mejor atención, Gregorio Huanca responde sin dudarlo “falta una mayor cantidad de mapas”.
- ¿Mapas?- le pregunto extrañado.“
Claro-dice- los mapas nos conectan al mundo”.
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Publicado en la revista estadounidense Lucero de la Universidad de Berkeley California.
El reportaje salió en el número mensual de enero de 2006.
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